Elijah Wood y Jonathan Safran Foer
2005
Noam Chomsky
Philadelphia (tribute) mural at Fairmount Av. and 19th St.
6:50am. Intento subir al segundo piso. — ¿Le puedo ayudar en algo? — No, gracias. — Señorita no puede subir, en el segundo piso empiezan a atender a las 7:00am. — Bueno, yo espero acá entonces, gracias. Tan pronto me es posible subo nuevamente y le entrego la carta a la secretaria, ella me pide la cédula y me da otra orden, me dice que baje nuevamente, que allá me van a sacar sangre y que luego vuelva a subir para que me hagan el resto de los exámenes. Bajo, entrego la orden a otra secretaria, ésta tiene guantes quirúrgicos puestos, me dice que siga, que me siente en la salita de espera que “ya nos pasan”. Me siento. Pienso ¿ya “nos” pasan?. Estoy en ayunas. Abro el libro de Matadero cinco, recuerdo bien donde quedé la última vez, no tengo que repasar nada.
Esto es lo que los tralfamadorianos responden a Billy Pilgrim cuando éste pregunta: ¿Por qué yo?. Esa es una pregunta muy terrenal, señor Pilgrim. ¿Por qué usted? ¿Por qué nosotros?, podríamos decir. ¿Por qué cualquier cosa? Porque este momento, sencillamente, es. ¿Ha visto usted insectos atrapados en ámbar? Bien, aquí estamos, señor Pilgrim, atrapados en el ámbar de este momento. No hay ningún por qué.
Me llaman por el altavoz, paso al cubículo número tres, me quito el buso y dejo reposar, con desconfianza, mi brazo izquierdo sobre la mesa, la enfermera me amarra un banda elástica arriba del codo como si me odiara de toda la vida, abre los ojos y dice — ¡Qué venas tan delgadas! — Sí, siempre me dicen eso. Recuerdo que mi papá, cuando tengo este tipo de exámenes, me dice que saqué sus venas y que nos torturan en cada intento fallido. Es cierto. Inmediatamente después, la enfermera inserta la aguja y empieza a hacer movimientos circulares dentro de mi finísima vena, “No mire” me advierte. Miro, siempre miro, tengo que asegurarme que el proceso esté funcionando, que la sangre sí esté fluyendo al tarrito plástico. No está funcionando, ella continúa, yo sólo puedo decir: Ay, Ay, duele, aunque no mucho. Falta un segundo tarrito por llenar y cuando hace el cambio entre ellos, la sangre deja de fluír, así que acostumbrada a hacerlo, la enfermera empieza a hacer los giros y círculos con la aguja nuevamente. “Ya falta poquito” me dice. Yo, que parar este momento ya no sé de qué habla esa mujer, me encuentro silbando alguna canción y diciéndole: Gracias. Todo termina con una curita circular en la herida.
Estoy atrapada en el ámbar de la espera en el segundo piso, dos hombres en corbata y una mujer de chaleco negro me miran los zapatos, yo abro el libro y sigo la lectura. Billy Pilgrim tiene hambre y sueño, yo también. Me tomo un yogur de guanábana a toda velocidad. Me pasan a tres exámenes más. Exámenes de rigor. Exámenes que me pide la empresa en la que trabajo.
Lo último que hago es ver al médico general, con el que hablo de las pausas activas, de que no fumo, no tomo, no me han operado de nada y más preguntas de esas que ellos que ellos se saben de memoria. Me pregunta si duermo bien, le digo que sí, que “sí, doctor”. Me dice que si tengo sueños repetitivos y que qué sueño. Le digo que sueño con Bucaramanga, con mis familiares, con amigos, con viajes en el tiempo, con animales que hablan, con conciertos, con aviones que caen justo a mi lado, y que, eso era lo que podía recordar. Supe que debía detenerme ahí, en el tema de los aviones, porque por primera vez desde que ingresé al consultorio, el médico me miró directo a los ojos. Me dijo que si soñaba tanto mi cerebro no iba a descansar. Que si soñaba tanto era porque o bien tenía nostalgia de algo, o estaba recordando cosas del pasado o quería que pasara algo, o tenía algo pendiente.
Claro, tengo pendiente decirle a los pilotos que ya, que no más, que no estrellen sus aviones junto a mí y también planear qué le voy a decir a ese adorable leopardo con el que a veces hablo en mis sueños. Hay mucho por hacer todavía, tiene razón el tipo.

[Listening: Morocco girl by Pomegranates]
Cuando caminaba hacia el colegio, siempre veía por la calle que bajaba, a una viejita diminuta que se aferraba fuerte a la reja de una ventana, la ventana pertenecía a una casa que parecía abandonada, luego me vine a enterar que esa casa, de hecho hacía parte de un colegio. Siempre pasaba y la veía ahí, como congelada en el tiempo, con su mirada triste y su gorro y saco de lana. En los días más fríos fumaba tabaco y hablaba sola.
Una mañana, iba caminando por la misma acera de siempre y ella me habló, estaba llorando: — Niña, niña, venga. Y con su pequeña mano me invitaba a acercarme a su ventana. Me acerqué y la saludé, le pregunté si estaba bien. Me sonrió, pienso que se sentía inmensamente feliz de hablar con alguien. Sus ojos estaban aguados y sus lágrimas se quedaban descansando a mitad de camino antes de caer al saco azul. Me dijo que se sentía muy sola, que las niñas del colegio eran crueles, que en las noches sentía mucho frío y que el otro día había visto al divino niño. Le dije que iba temprano al colegio ese día, que me podía quedar un rato con ella, si ella quería. Me sonrió, me puso su frágil manito derecha sobre mi mano izquierda y me habló de años mejores, de mercados frescos, de su problema de visión, de lo dañada que estaba la calle, de la cantidad de estudiantes que veía todos los días y de las personas que la dejaron abandonada en ese lugar. Después de eso nunca la volví a ver, espero que esté descansando.
En mi recorrido al colegio, hablaba mucho más seguido, con un señor que tenía una casetica en la calle, vendía dulces y paqueticos varios. A él lo recuerdo desde que estaba bien pequeña, en ese tiempo, acompañaba a mi papá al trabajo, mi papá lo saludaba “Floro Florindo, Floro Florales” y Floro siempre sonreía y le contaba sus tristezas y cuentos. Luego, cuando entré a bachillerato y claro, cambié de colegio, me encontraba a Floro todos los días, yo, que desde siempre le dije “Floro” veía cómo estaba cada vez más viejo y cómo su voz no cambió. Él me preguntaba todos los días por mi papá y siempre me ofrecía un dulce, sólo un día le acepté el dulce, un día en el que estaba cumpliendo años. Hace más o menos un año Diana M. me dijo que Floro había muerto.

[Listening: Street hassle by Lou Reed]
Celine y Jesse
Before sunset (2004)
Celine y Jesse
Before sunrise (1995)
| Jesse: | — Alright, I have an admittedly insane idea, but if I don't ask you this it's just, uh, you know, it's gonna haunt me the rest of my life |
| Celine: | — What? |
| Jesse: | — Hmm... I want to keep talking to you, you know. I have no idea what your situation is, but, uh, but I feel like we have some kind of, uh, connection. Right? |
| Celine: | — Yeah, me too. |
| Jesse: | — Yeah, right, well, great. So listen, so here's the deal. This is what we should do. You should get off the train with me here in Vienna, and come check out the capital. |
| Celine: | — What? |
| Jesse: | — Come on. It'll be fun. Come on. |
| Celine: | — What would we do? |
| Jesse: | — Hmm, I don't know. All I know is I have to catch an Austrian Airlines flight tomorrow morning at 9:30 and I don't really have enough money for a hotel, so I was just going to walk around, and it would be a lot more fun if you came with me. And if I turn out to be some kind of psycho, you know, you just get on the next train. |
| Jesse: | — Alright, alright. Think of it like this: jump ahead, ten, twenty years, okay, and you're married. Only your marriage doesn't have that same energy that it used to have, you know. You start to blame your husband. You start to think about all those guys you've met in your life and what might have happened if you'd picked up with one of them, right? Well, I'm one of those guys. That's me you know, so think of this as time travel, from then, to now, to find out what you're missing out on. See, what this really could be is a gigantic favor to both you and your future husband to find out that you're not missing out on anything. I'm just as big a loser as he is, totally unmotivated, totally boring, and, uh, you made the right choice, and you're really happy. |
| Celine: | — Let me get my bag. |
Mike Tyson casi me vuela el cerebro con su cambio radical. En su nuevo programa de Animal Planet, el tipo empieza declarando que quería alejarse de ese “steel Mike” que lo consumía y que le era adictivo, dice que los días más felices que recuerda son aquellos que vinieron cuando se retiró del boxeo y que no extraña en lo más absoluto el ring. No puedo dejar de mirar su tatuaje, es tan “Tyson” (¿?). Ahora Tyson es un tipo sereno, habla de su amor por las palomas y es muy modesto cuando otras personas hablan de sus cualidades. Yo, que estoy viendo todo eso, y que me cuesta un poco creer lo que ha pasado, recuerdo que cuando estaba pequeña, miraba las peleas de Tyson vs. _______ con mi papá. Tyson queda en el segundo puesto en una competencia en la que participa con su palomar.
Son las 6:58am y espero que cambie el semáforo, junto a mí, un señor al que llamaré Roberto (su estructura osea me hace pensar que ese es su nombre) habla por celular: —Ya estoy en la puerta, en serio. Cuelga. El semáforo cambia a verde, nos movemos hasta llegar a la estación de transmilenio. Me siento y Roberto se sienta en el asiento de adelante. Le timbra el celular, Roberto se queja: ¡agh! y saluda, es un hombre, le dice nuevamente: — Ya estoy en la puerta, espéreme ahí. 15 minutos después, contesta y por una agobiante tercera vez dice:— Sí. Ya estoy en la puerta. Bien, esto sólo puede tener sentido si Roberto por “Ya estoy en la puerta” realmente quiere decir “Estoy vivo, sigo respirando y todavía puedo caminar”. Roberto y yo nos bajamos en la misma estación, pero, como camino muy rápido, cuando volteo a mirar ya no puedo encontrarlo. Supongo que todavía está en la puerta. Ojalá.
Ayer se me reventó el vasito ocular que se me revienta cuando tengo rabia y/o estoy estresada, hoy todavía me arde. Me miro al espejo y parece que hubiera acabado de llorar (sólo por ese ojo) o que me hubieran golpeado. Pero bueno, ya pasará. 
[Listening: Pick up the pieces by Average white band]
21 de Junio de 524: en la Batalla de Vézeronce, Gundomar (rey de los burgundios) derrota a los francos.
21 de Junio de 1582: en Kioto (Japón) sucede el Incidente en Honnōji.
21 de Junio de 1621: en Praga —como consecuencia de la Batalla de la Montaña Blanca— se ejecuta a 27 nobles checos.
21 de Junio de 1665: en Canadá, los primeros soldados del Regimiento de Carignan-Salières llegan a Quebec para invadir los territorios de los iroqueses.
21 de Junio de 1788: en EE.UU., Nuevo Hampshire se convierte en el estado número 9.
21 de Junio de 1791: en Francia el rey Luis XVI es detenido en Varennes durante su huida del país.
21 de Junio de 1798: las tropas británicas derrotan a los irlandeses en la Batalla de Vinegar Hill.
21 de Junio de 1813: en el marco de la Guerra de la Independencia Española, se libra la Batalla de Vitoria.
21 de Junio de 1813: el Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano, continuando su marcha hacia el norte, tomó Potosí.
21 de Junio de 1824: en el Mar Egeo —en la Guerra de la Independencia griega— las fuerzas egipcias capturan la ciudad de Psara.
21 de Junio de 1825: en la provincia de Andahuaylas (Perú) el general argentino José de San Martín crea el distrito de San Jerónimo.
21 de Junio de 1831: Cyrus McCormick inventa la segadora.
21 de Junio de 1887: la reina Victoria del Reino Unido festeja su Jubileo de Oro.
21 de Junio de 1898: Estados Unidos invade Guam y la convierte en territorio estadounidense.
21 de Junio de 1916: Batalla de El Carrizal: derrota estadounidense durante la Expedición Punitiva del ejército de Estados Unidos a México para encontrar a Pancho Villa.
21 de Junio de 1918: el movimiento de reforma universitaria de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) hace público el Manifiesto Liminar, que se convertiría en documento básico de todo el movimiento extendiéndose por toda América Latina.
21 de Junio de 1919: el almirante Ludwig von Reuter llega con la flota alemana a Scapa Flow, Islas Orcadas.
21 de Junio de 1940: en el marco de la Segunda Guerra Mundial, Francia se rinde a Alemania.
21 de Junio de 1942: en la Segunda Guerra Mundial, Tobruk cae en manos de las fuerzas italianas y alemanas.
21 de Junio de 1942: en la Segunda Guerra Mundial, un submarino japonés navega por el río Columbia (en Oregón), disparando 17 torpedos en Fort Stevens en uno de los pocos ataques japoneses en territorio estadounidense.
21 de Junio de 1945: en la Segunda Guerra Mundial, termina la batalla de Okinawa.
21 de Junio de 1952: nace mi papá.
¡Feliz cumpleaños pa!

[Listening: Volver by Carlos Gardel]
Me siento en el puesto del pasillo, en la silla que queda justo detrás del conductor, aunque hubiera preferido la primera silla que está al otro lado del pasillo porque me gusta mirar a través del panorámico del Transmilenio, pero bueno, me ganaron ese sitio hoy. A mi lado, un señor de unos 65 años juega Tetris en su celular, lo miro sin que se dé cuenta, tiene serios problemas con la ubicación del cuadrado, lo veo cometer los errores más tontos cada vez que intenta usarlo, veo cómo se estresa un poco cuando, en la derecha, aparece la figura del cuadrado queriendo decir que es la siguiente figura en la secuencia. La última vez que jugué tetris fue en el Xbox de Eduardo, me lo prestó, lo instalamos en el cuarto de mis papás y jugamos casi toda una tarde con él y con Diana M. Durante el recorrido pienso en el libro que tengo miedo de terminar y en la película que nos vimos ayer: The adjustment bureau de George Nolfi, nos encantó, especialmente a Eduardo, quien al término de la película dijo muy convencido: ¡Esta es mi película favorita! Pensar en el destino, en el azar, en las casualidades es algo a lo que cada tanto le dedico un rato.
Ayer, mientras esperábamos el almuerzo, Eduardo me leyó una historia del libro When things fall apart de Pema Chödrön, disfruté mucho la historia, me gusta cuando me toman por sorpresa y me dejan pensando en algo, cuando terminamos de comer, nos dijimos el uno al otro: ¡Feliz día del padre! En la noche, Eduardo me leyó uno de los cuentos de El hombre elástico y otros cuentos de Mauricio Salvador y luego me dormí.
Ya casi cumplo años y sigo pensando en lo rápido que ha pasado todo desde que me fui de Girón.

[Listening: 12:51 by The Strokes]
L’illusionniste.
No me dejan pasar de la entrada del edificio W porque “es sábado y los sábados no podemos dejar entrar visitantes señorita, si fuera entre semana le colaboraría” Eduardo entra y me preparo a pasar dos horas y media en una banca de madera, sí, habíamos previsto que esto pasaría, entonces traje un libro, los audífonos para el celular, mi libreta de dibujos y mi lápiz. Mis pies, manos y mejillas están congelados, hago una nubecita en cada exhalación, abro el libro donde me indicaba el separador de Davril, intento leer, una, dos, tres líneas, me detengo, ¡qué frío! brrrrrr, me paro y le hablo a la celadora: “Disculpe, ¿usted sabe dónde puedo comprar café por acá cerca?”, ella me contesta: “Allá, detrás de esas carpas hay una panadería, allá venden café”, aunque me señaló el lugar, era casi imposible ver a través de la espesa lluvia, “Gracias” le digo. No, es muy lejos (supongo), pero, sé que si salgo en este momento, voy a regresar con un charquito dentro de mi recientemente dañada bota derecha. Regreso a la banca.
Subo y cruzo las piernas, cierro el libro, voy a intentar dibujar mientras escucho música, busco una emisora decente (muy difícil) y encuentro un programa que si entendí bien se llama “La santería” (era eso, o hablaban mucho del tema) en la emisora de la Universidad Nacional, hay un especial de la Sonora Matancera, lo escucho porque es el grupo musical favorito de mi mamá, y digamos, es una manera de sentirla ahí conmigo. Bien, ¿qué dibujo? el edificio en el que me encuentro no es particularmente encantador, afuera sólo hay lluvia, y a mi lado hay dos personas: un celador que mueve los hombros cada tanto al ritmo de alguna salsa que escucha en su celular y la celadora, a la que desde donde estoy sentada, sólo puedo ver por el reflejo de un vidrio. Hmm, podría intentar dibujar al celador, mejor no, sería bizarro mirarlo todo el tiempo y luego hacer trazos y además sospechoso (para él) a lo mejor me dispara. A mi derecha hay algunas revistas, así que tomo una para dibujar algo que esté allí. Dibujo una calle de Venecia, me queda bonito, salvo por un edificio que quedó rarísimo (gracias a mi problema de perspectiva). A Eduardo le gustan mis dibujos y le parece “bonito” mi problema de perspectiva. Luego leo un artículo hecho por la gente de Biommar llamado “Mar adentro”, me parece interesante y preocupante, no sabía nada de los corales y menos, de los problemas que han causado la muerte de miles de ellos. Ahora, dibujo una gran nube, con sombras y demás, queda bien. Luego, dibujo unos peces rojos que están sobre unos corales y finalmente dibujo a un hombre encapuchado que tiene una cauchera estirada, está a punto de lanzar la piedra, este último dibujo lo hago mirando una foto que tomaron en Palestina.
Al salir del edificio, caminamos con Eduardo hasta la décima para tomar el bus, nos bajamos en la calle 67 y caminamos hasta esa librería donde los que están detrás del mostrador siempre son rubios y saludan en un bogotano perfecto: ¡Hola! ¿cómo están? ¿les puedo ayudar en algo?. A lo que siempre contestamos: Buenas tardes, ¡bien, gracias!, vamos a mirar primero. Encuentro un libro perfecto para Eduardo: describen los nombres, la complejidad y el tiempo de crecimiento de los diferentes tipos de bigotes y barbas. Vamos al segundo piso, voy a la sección de ficción y encuentro Welcome to the Monkey House de Kurt Vonnegut, busco una silla cómoda y me siento a leer. Cuando Eduardo se para junto a mí, sé que tiene hambre. ¿Tienes hambre? le digo para confirmar que lo conozco. Sí, me dice, luego bosteza, me da un beso en la cabeza y me acaricia la cara. Vamos, le digo, dejo el libro donde lo encontré, lo tomo de la mano, bajamos, “Hasta luego” decimos antes de salir del lugar. Caminamos por la séptima hacia el sur, hasta encontrar un Jeno’s, entramos y pedimos una pizza mediana, mitad napolitana, mitad hawaiana y una limonada, tenemos, después del almuerzo, una de esas charlas que adoro tener con Eduardo. Pasamos por Blockbuster y alquilamos Whisky, una película uruguaya con una cantidad considerable de premios.
Domingo, arreglamos la casa, lavamos ropa, aspiramos, organizamos todo, sacamos la basura y vamos a buscar almuerzo, queremos ir al restaurante al que vamos a veces los domingos, pero, al pasar por el lugar, escuchamos a uno de los empleados: “Estamos sin gas” le dice a alguien por celular; meseros, cocineros y la novia del dueño del lugar estaban sentados afuera, no hay caso, busquemos otro lugar. Seguimos caminando y llegamos a un restaurante de comida de mar, nunca habíamos entrado acá, la mujer detrás del mostrador sonríe y nos saluda, entramos y nos sentamos, Eduardo pide pasta con frutos de mar y yo pido una cazuela de mariscos con patacones y arroz con coco. Celestial. Damos un paseo por el parquecito, miramos las maticas que nos gustan y volvemos a la casa. Miramos Whisky, mientras comemos crispetas de extra mantequilla y Nutella (no, no somos obesos). La película se termina antes de lo que esperábamos, nos gusta. Vemos un cortometraje de 11 minutos que estaba mal ubicado en: Menú principal - Extras - Escenas descartadas, es la historia del bar mitzvah de un niño uruguayo al que, después de esa celebración, el papá lo lleva a donde una prostituta, Eduardo dice que eso antes era normal, no tenía idea de eso. Hay muchos judíos en Uruguay. Empacamos el mecato y almuerzo del Lunes. Antes de dormir, Eduardo me lee Walkman de Ricardo Silva Romero, nos dormimos a las 9pm.
[Listening: Everybody’s gonna be happy by The Kinks]